Úrsula

Los números no son fieles, los casos de femicidios que se registran son aquellos que tienen visibilidad y algún alcance mediático, por lo que las cifras se vuelven una representación política de la problemática. No son exactos, y quizás no estén ni cerca, por eso no me parece adecuado dar datos duros de estadísticas que no toman en cuenta los lugares más recónditos del país. Los barrios y los pueblos, los prostíbulos, las casas “de familia” machirulas conservadoras.

Quisiera no quedarme en la denuncia, o en el recuerdo, o en exposición y difusión. Úrsula lamentablemente se convirtió en la cara visible actual del grito reiterado de lo que venimos lidiando y luchando hace años. Por ella y por todas:

Tuvimos que educarnos, tuvimos que analizarnos, tuvimos que pensar y entender el contexto, tuvimos que confiar, tuvimos que juntarnos, organizarnos, tuvimos que ponerle nombre a cada cosa que nos pasaba, ponerlo en palabras para categorizar, difundir y educar la sociedad y al colectivo en formación, tuvimos que gritar, tuvimos que marchar, tuvimos que romper, escribir paredes, pintarnos, dibujar, dar exposiciones, charlas, debates, tuvimos que gritar. Se los dijimos en voz alta y voz baja, con la mirada y con el cuerpo. No nos escucharon, después de tanto ruido, no nos escucharon. La causa se volvió ejemplo en carne propia incontables veces y eso pareció no importar porque todo siguió igual. Siguió pasando, los eslabones de la sociedad siguieron fallando, permitiendo y callando.

Sucede que no la sentimos una más, y ustedes sí. Sucede que nos comprometemos y lo sentimos en la carne cada vez que que nos falta una, y ustedes lo naturalizan, porque eso hacen siempre, sin importar si algo está bien o mal terminan agachando la cabeza y naturalizando todo, al nivel de no sentir, de seguir por inercia y no cuestionar nada. Va para quien le quepa el poncho. Para todos aquellos que no forman parte del colectivo feminista, feminista cual fuere, que observan desde afuera porque “no los interpela” cuando se trata exclusivamente de ustedes y no se cansan de mirar al costado. Mientras sigan felicitandonos desde las gradas, sin jugar, sin cambiar las reglas del juego. Mientras sigan sin cuestionarse sus privilegios, sin sentir desmerecer, sin sentir injusticia, sin sentir impotencia, vamos a seguir acá. Empujando para que al final todo sea como lo soñamos.

Ursula Bahillo calló todos los golpes y maltratos porque entre tantas culpas y razones individuales y personales, tenemos una culpabilidad social. Hay una sociedad machista que educa a las mujeres a esperar, aguantar, ocultar, callar y perdonar. Generaciones de mujeres sometidas nublan las ideas de tantas niñas, imponiéndoles una estructura y forma de vida “correcta” que moldean nuestra ética y moral. Enseñando desde el ejemplo, el ejemplo de ser sometidas y dejarse maltratar. Luego viene la enseñanza en palabras, en consejos, en mandatos.

La violencia es estructural, baja en cadena, está organizada, es funcional, se mueve por intereses, estudia nuestros pasos y se fortalece, cambia sus fallas, se mejora. Hablar de impunidad es solo un mecanismo entre un millón de esquemas que permanecen en la estructura. Palos en la rueda que bien conocemos desde siempre. Nos separan diferencias, porque el que nosotras, las mujeres, sepamos lidiar con ello no quiere decir que lo naturalicemos.

Frente a esto y frente a lo que fuere, nos paramos y luchamos. Porque los cambios no vendrán solos, porque tenemos la cantidad la fuerza las ideas y las ganas, y algún día, se los prometo, caminaremos en paz.

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